comunes les seguirá. Estos hombres conocen los negocios en parte por tradición, y esto es mucho. Hay familias universitarias —familias que hablan de becas y que invierten la capacidad de sus hijos en versos latinos tan pronto como la descubren—; solía haber familias indias de la misma clase, y probablemente las vuelva a haber cuando el sistema competitivo haya tenido tiempo de fomentar una nueva estirpe. Del mismo modo, existen familias de empresarios para quienes todo lo relativo al dinero, todo lo relativo a la administración, es tan familiar como el aire que respiran. Todos los estadounidenses, se ha dicho, conocen los negocios; está en el aire de su país. Así ciertas clases conocen los negocios aquí; y un lord difícilmente puede conocerlos. Es una dificultad tan grande aprender de negocios en un palacio como aprender de agricultura en un parque.
A cierto género de negocios, en verdad, esta doctrina no se aplica. Hay un género de negocios en el que nuestra aristocracia todavía tiene, y es probable que conserve durante mucho tiempo, cierta ventaja. Este es el negocio de la diplomacia. Napoleón, que conocía bien a los hombres, jamás, de poder evitarlo, empleaba a hombres de la Revolución en misiones ante las cortes antiguas; decía: «No le hablaban