Las catástrofes decisivas de los gobiernos de gabinete son votaciones críticas precedidas por magnánimos debates. Todo lo que vale la pena decir, todo lo que debe decirse, con toda seguridad será dicho. Los hombres concienzudos piensan que deben persuadir a los demás; los hombres egoístas piensan que les gustaría imponerse. La nación se ve obligada a escuchar dos posturas—todas las posturas, tal vez, de aquello que más le concierne. Y le gusta escuchar—está ávida por saber.
La naturaleza humana desprecia los largos argumentos que no conducen a nada; los discursos pesados que no preceden a ninguna moción; las disquisiciones abstractas que dejan las cosas visibles tal como estaban. Pero todos los hombres prestan atención a los grandes resultados, y un cambio de Gobierno es un gran resultado. Tiene cien ramificaciones; atraviesa a la sociedad; da esperanza a muchos y quita la esperanza a muchos. Es uno de aquellos acontecimientos señalados que, por su magnitud y su melodrama, impresionan a los hombres incluso demasiado. Y los debates que tienen esta catástrofe al final de ellos —o que pueden tenerla— con seguridad serán escuchados y calarán hondo en la mente nacional.
Los viajeros, incluso en los Estados del Norte de América, el mayor y mejor de los países presidenciales, han notado que la nación «no es especialmente adicta a la política»; que no poseen una opinión pública pulida y refinada como lo ha sido la de los ingleses.
Muchos escritores apresurados han achacado este defecto a la «raza yanqui», al carácter angloamericano; pero los ingleses, si no tuvieran ningún motivo para ocuparse de la política, ciertamente no se ocuparían de la política.
En la actualidad hay un asunto en su atención. Asisten en la crisis decisiva; la detienen o la ayudan.