representar los diversos intereses especiales, las opiniones especiales, los prejuicios especiales que se encuentran en esa comunidad. Debe haber un defensor para cada secta particular y un vasto cuerpo neutral sin secta alguna —homogéneo y judicial, como la nación misma—. Un cuerpo así, cuando es posible, es el mejor seleccionador de ejecutivos que pueda imaginarse. Está lleno de actividad política; está cerca de la vida política; siente la responsabilidad de los asuntos que son llevados, por así decirlo, hasta su umbral; tiene tanta inteligencia como la sociedad en cuestión alcance a contener. Es lo que Washington y Hamilton se esmeraron en crear: un colegio electoral con los hombres más selectos de la nación.
El mejor modo de apreciar sus ventajas es considerar la alternativa. El electorado competidor es la nación misma, y este es, según la teoría y la experiencia, salvo en los casos más raros, un mal electorado. El Sr. Lincoln, en su segunda elección, al ser elegido cuando todos los Estados federales habían puesto sus corazones unidos en un solo objetivo, fue reelegido voluntariamente por una nación que en verdad elegía. Él encarnaba el objeto en el