Ninguna nación bárbara, ninguna nación semicivilizada ha poseído jamás esto. A la masa de hombres sin educación no se le podría decir hoy en Inglaterra «vamos, elegid a vuestros gobernantes»; se volverían locos; sus imaginaciones fantasearían con peligros irreales y el intento de elección terminaría en alguna usurpación violenta. La ventaja incalculable de las instituciones augustas en un Estado libre es que previenen este colapso. La agitación de elegir a nuestros gobernantes se ve evitada por la existencia aparente de un gobernante no elegido. Las clases más pobres y más ignorantes —aquellas que sentirían más la agitación, que se verían más engañadas por la agitación— creen verdaderamente que la Reina gobierna. No se les podría explicar la diferencia recóndita entre «reinar» y «gobernar»; las palabras necesarias para expresarla no existen en su dialecto; las ideas necesarias para comprenderla no existen en sus mentes. La separación del poder principal respecto de la posición principal es un refinamiento que ni siquiera podrían concebir. Se imaginan que son gobernados por una Reina hereditaria, una Reina por la gracia de Dios, cuando en realidad son gobernados por un Gabinete y un Parlamento: hombres como ellos, elegidos por ellos mismos. La dignidad visible despierta el sentimiento de reverencia, y unos hombres, a menudo muy carentes de dignidad, aprovechan la ocasión para gobernar por medio de ella.
Por último. La tercera condición de todo gobierno electivo es lo que puedo llamar racionalidad, con lo que me refiero a una facultad que implica inteligencia, pero que sin embargo es distinta de ella. Todo un pueblo que elige a sus gobernantes debe ser capaz de formarse una idea