palabras se vuelven mejores que mis palabras, y su casa mejor que mi casa, no te sigo, y me complacería que te explicaras».
Y aun cuando una cabeza de la sociedad fuera una idea natural, no se seguiría ciertamente que la cabeza del Gobierno civil debiera ser esa cabeza.
La sociedad como tal no tiene más que ver con la política civil que con la eclesiástica. La organización de los hombres y las mujeres con el propósito de divertirse no es necesariamente idéntica a su organización con fines políticos, como tampoco a su organización con fines religiosos; por sí misma no tiene más que ver con el Estado de lo que tiene con la Iglesia.
Las facultades que hacen apto a un hombre para ser un gran gobernante no son las de la sociedad; algunos grandes gobernantes han sido inescrutables como Cromwell, o bruscos como Napoleón, o burdos y bárbaros como Sir Robert Walpole. Las vanidades ligeras del salón y las cosas graves del cargo difieren tanto la una de la otra como dos ocupaciones humanas pueden diferir.
No hay nada de natural en unir ambas cosas; el resultado de ello es siempre que se pone a la cabeza de la sociedad a un hombre que muy probablemente destaca por defectos sociales, y no es eminente por sus méritos sociales.