consideraciones que un estadista filosófico le habría presentado; pero se le habría encaminado correctamente mediante una de sus peculiaridades. Le desagradaba, por encima de todas las cosas, oponerse a la Corona. En una gran crisis, en la crisis de las Leyes de Granos, en lo que él pensaba no era en lo que los demás pensaban, el asunto económico en discusión, el bienestar del país pendiendo de un hilo, sino en la tranquilidad de la Reina. Consideraba que la Corona era una parte tan superior en la Constitución que, incluso en ocasiones vitales, atendía únicamente —o decía atender únicamente— a la comodidad momentánea del soberano presente. Nunca se sentía cómodo al oponerse a un acto visible de la Corona. Es muy probable que, si el duque hubiera seguido siendo el presidente de la Cámara de los Lores, habrían permitido que la Corona prevaleciera en su bien elegido plan. Pero el duque había muerto, y su autoridad —o parte de ella— había recaído en una persona muy diferente. Lord Lyndhurst tenía muchas y grandes cualidades: poseía un intelecto espléndido —una facultad para hallar la verdad tan grande como la de cualquier otro de su generación—, pero no amaba la verdad. Con esa gran facultad para hallar la verdad, fue un creyente en el error —en lo que su propio partido hoy admite que es un error— durante toda su vida. Habría podido hallar la verdad como estadista del mismo modo en que la halló como juez; pero nunca la halló. Jamás la buscó. Fue un gran partidario, y aplicó una capacidad de argumentación, y una facultad de argumentación intelectual pocas veces igualada, para respaldar los dogmas de su partido. La propuesta de crear pares vitalicios fue planteada por el partido antagónico; en ese momento amenazaba con perjudicar a su propio partido. Para él, esta fue una gran oportunidad. El discurso que pronunció en esa ocasión vive en la memoria de quienes lo escucharon. Sus ojos no le permitían leer en ese momento, de modo que repitió de memoria, y con total exactitud, todas las autoridades de letra gótica vinculadas con la cuestión. Un esfuerzo intelectual tan grande rara vez se
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III. La Cámara de los Lores
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