bien. Hasta fechas muy recientes se suponía que el soberano intervenía, en un grado de gran nocividad, en la elección de las personas destinadas a ser ministros. Cuando Jorge III enloqueció definitivamente en 1810, todo el mundo creyó que Jorge IV, al asumir el poder como príncipe regente, destituiría al gobierno de Mr. Perceval y facultaría a lord Grey o a lord Grenville, los líderes whigs, para formar otro. El ministerio tory estaba librando una guerra exitosa —una guerra de supervivencia— contra Napoleón; pero, en la mente del pueblo, la necesidad en tal ocasión de un gobierno inalterado no superaba la fantasía de que Jorge IV era whig. Y es verdad que había sido whig antes de la Revolución francesa, cuando llevaba una vida indescriptible en St. James’s Street con Mr. Fox. Pero lord Grey y lord Grenville eran hombres inflexibles y carecían de toda clase de influencia inmoral. El poco liberalismo de opinión que el regente hubiera podido tener se le espantó (como a los demás) con el Reinado del Terror. Sentía, según el dicho de otro monarca, que «vivía por ser realista». Pronto se vio que estaba sumamente ansioso por conservar a Mr. Perceval y que deseaba con creces enemistarse con los Lores whigs. Como todos sabemos, mantuvo en el cargo al ministerio que encontró; pero el hecho de que se hubiera llegado a pensar que entonces podía cambiarlo es un ejemplo significativo de cuán sumamente modernas son en realidad nuestras nociones sobre la acción despótica del Parlamento.
Por los peldaños de la lucha tan rudamente mencionada (y por otros de los que no tengo espacio para hablar, ni me hace falta), el cambio que en las ciudades griegas se efectuó tanto en la apariencia como en los hechos, se ha efectuado en Inglaterra, aunque solo en la realidad, y no en el exterior.
Aquí también los apéndices de una monarquía se han convertido en la esencia de una república; solo que aquí, debido a una población política más numerosa y heterogénea, es necesario mantener el antiguo decorado mientras interpolamos en secreto la nueva realidad.