similares en género, aunque diferentes en especie, ha modificado el nuevo compuesto sin irritar al viejo original.
Este uso ordinario y común del poder de crear pares está siempre en manos del primer ministro, y depende de estar ahí para su uso característico.
Él, como cabeza del partido predominante, es la persona adecuada para modificar gradualmente la cámara permanente que, tal vez, en un principio le era hostil y que, en cualquier medida, puede armonizarse mejor con la opinión pública que él representa mediante las incorporaciones que realiza.
Apenas ninguna constitución ideada posee un mecanismo para modificar su segunda cámara tan delicado, tan flexible y tan constante.
Si se hubiera añadido el poder de crear pares vitalicios, la influencia moderadora del ejecutivo responsable sobre la Cámara de los Lores habría sido tan buena como algo así puede serlo.
La creación catastrófica de pares con el propósito de saturar la Cámara Alta es totalmente diferente. Si se dispone de un rey exterior, capaz e imparcial, este poder recae de la mejor manera en ese monarca. Es un poder que solo debe utilizarse en grandes ocasiones, cuando el objetivo es inmenso y la lucha partidista no conoce tregua. Este es el poder decisivo y dominante del momento y, por consiguiente, es evidente que resulta preferible que esté en manos de una autoridad capaz e imparcial, antes que en las de un primer ministro que en cierta medida ha de ser partidista. El valor de un monarca discreto, calmado y prudente, si diera la casualidad de que reina en el momento de la crisis aguda del destino de una nación, no tiene precio. Puede prevenir años de tumultos, evitar el