Por lo tanto, los miembros de un buen distrito electoral voluntario quedarían irremediablemente esclavizados a causa de su bondad; pero los miembros de un mal distrito electoral voluntario quedarían aún más esclavizados a causa de su maldad. Los creadores de estos distritos electorales mantendrían el despotismo en sus propias manos. En América hay una división de políticos entre tramoyistas y voceros; bajo el sistema voluntario, el miembro del Parlamento sería el único portavoz momentáneo —el vocero impotente—, mientras que el creador del distrito sería el tramoyista latente —el autócrata constante—. Le escribiría a los caballeros en el Parlamento y les diría: «Ustedes fueron elegidos por la "candidatura liberal", y si se desvían de esa candidatura no podrán volver a ser elegidos». Y no habría recurso de apelación para el hombre de mentalidad corriente. No es más probable que él se cree un distrito electoral por sí mismo de lo que es probable que un topo se fabrique un planeta.
Puede afirmarse, en verdad, que contra un Parlamento septenal tales maquinaciones serían impotentes; que un diputado elegido por siete años podría desafiar las reconvenciones de un electorado entusiasta, o las imprecaciones de los manipuladores en la sombra. Pero tras la formación voluntaria de los electorados, pronto no habría más que Parlamentos efímeros. Los electorados entusiastas exigirían elecciones frecuentes; no les gustaría desprenderse de su virtud por un largo periodo; les indignaría verla utilizada en contra de sus deseos, en medio de circunstancias en las que nadie había pensado durante las elecciones.