desde tiempos inmemoriales desconcertadas por sus instituciones, irritadas por sus estadistas y enfadadas por sus periódicos. Un poco más de semejante desconcierto y de semejante irritación no me parece un gran mal.
Y si se quiere decir, como a menudo se quiere decir, que no se puede decir toda la verdad en cuanto a los tratados, respondo que tampoco se puede decir toda la verdad en cuanto a las leyes.
Todas las leyes importantes afectan a grandes «intereses creados»; tocan grandes fuentes de fuerza política; y estos grandes intereses exigen ser tratados con tanta delicadeza, y con una manipulación del lenguaje tan sutil, como los sentimientos de cualquier país extranjero.
Un ministro parlamentario es un hombre formado mediante una práctica minuciosa para no soltar cosas brutas, y un parlamento inglés es una asamblea a la que le disgusta particularmente cualquier cosa gauche o imprudente. Les disgusta aún más si perjudica tanto a ellos y al país como al orador.