hostil, de nuestras instituciones dijo que «el remedio para admirar a la Cámara de los Lores era ir a verla», y no para verla en un gran día de lucimiento político o en un momento de desfile, sino en el trámite ordinario de los asuntos. Hay tal vez diez pares en la Cámara, posiblemente solo seis; el cuórum para despachar asuntos es de tres. Unos pocos más pueden deambular por allí o no hacerlo: esos son los principales oradores, los juristas (hace unos años, cuando Lyndhurst, Brougham y Campbell estaban en plena forma, eran con mucho los oradores predominantes) y unos cuantos estadistas que todo el mundo conoce. Pero la masa de la Cámara no es nada. Por esto los oradores formados en los Comunes detestan hablar en los Lores. Lord Chatham solía llamarlo el «Tapiz». La Cámara de los Comunes es un escenario de vida si es que alguna vez ha habido un escenario de vida. Cada miembro de la multitud, cada átomo del conjunto, tiene sus propios objetivos (buenos o malos), sus propios propósitos (grandes o mezquinos); sus propias nociones, tales como son, de lo que es; sus propias nociones, tales como son, de lo que debe ser. Hay una confluencia heterogénea de elementos vigorosos, pero el resultado es uno y bueno. Existe un «sentimiento de la Cámara», un «sentido» de la Cámara, y nadie que sepa algo al respecto puede despreciarlo. Un hombre de mundo muy astuto llegó a decir que «la Cámara de los Comunes tiene más sentido que cualquiera de sus miembros». Pero no existe tal «sentido» en la Cámara de los Lores, porque no hay vida. La Cámara Baja es una cámara de políticos ávidos; la Alta (por decirlo suavemente), de políticos poco ávidos.
Esta apatía no es, en verdad, tan grande como indicaría la apariencia exterior. Los comités de los Lores (como es bien sabido) hacen una gran