de los Lores solo previene un único error: el de un cambio demasiado precipitado. Los Lores —dejando a un lado a unos pocos juristas y a unos pocos marginados— son todos terratenientes con mayor o menor riqueza. Todos tienen, en mayor o menor medida, las opiniones, los méritos, los defectos de esa única clase. Revisan la legislación, en la medida en que la revisan, exclusivamente de acuerdo con los supuestos intereses, los sentimientos predominantes, las opiniones heredadas de dicha clase. Desde la Ley de Reforma, esta uniformidad de tendencia ha sido muy evidente. Los Lores se han sentido —sería duro decir hostiles, pero sí dudosos— respecto a la nueva legislación. Había en ella un espíritu ajeno al suyo, y han tratado de expulsarlo siempre que han podido. Ese espíritu es lo que se ha denominado el «espíritu moderno». No es fácil concentrar su esencia en una frase; vive en nuestra vida, anima nuestras acciones, sugiere nuestros pensamientos. Todos sabemos lo que significa, aunque llevaría todo un ensayo acotarlo y definirlo. A esto se oponen los Lores; allí donde está implicado, no son revisores imparciales, sino parciales.
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III. La Cámara de los Lores
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