frescos y de aspecto respetable, y murmuró: «¡Por Júpiter, son los mejores votos brutos de Europa!». Pero, dejando a un lado la sátira, el principio del Parlamento es la obediencia a los líderes. Cambia de líder si quieres, toma otro si quieres, pero obedece al número 1 mientras sirvas al número 1, y obedece al número 2 cuando te hayas pasado al número 2. El castigo por no hacerlo es el castigo de la impotencia. No es que no vayas a poder hacer ningún bien, sino que no podrás hacer absolutamente nada. Si todo el mundo hace lo que cree correcto, habrá 657 enmiendas a cada moción, y ninguna de ellas será aprobada ni tampoco la moción.
El momento, en verdad, en que concebimos claramente que la Cámara de los Comunes es principal y ante todo una asamblea electiva, percibimos de inmediato que el partido es de su esencia.
Jamás ha habido una elección sin un partido. No se puede meter a un niño en un asilo sin una combinación.
En tales lugares se puede ver «Vote por el huérfano A» en un cartel, y «Vote por el huérfano B (¡¡¡también un idiota!!!)» en una pancarta, y el partido de cada uno anda ocupado con su cartel y su pancarta.
Lo que es verdad en esas elecciones menores y pasajeras debe ser mucho más verdad en una elección grande y constante de gobernantes. La Cámara de los Comunes vive en un estado de perpetua elección potencial; en cualquier momento puede elegir a un gobernante y destituir a un gobernante.
Y por tanto el partido es inherente a ella, es hueso de sus huesos y aliento de su aliento.
En segundo lugar, aunque los líderes de los partidos ya no disponen del vasto clientelismo del siglo pasado con el que sobornar, pueden coaccionar mediante una amenaza mucho más potente que cualquier halago: pueden disolver la cámara. Este es el secreto que mantiene unidos