al protestantismo, y del protestantismo al catolicismo (por no mencionar que el protestantismo era de varios matices y sectas), tal como los primeros reyes y reinas Tudor lo deseaban. Pero eso fue en la era pre-puritana. La masa de los ingleses se encontraba en un estado indeciso, tal como Hooper nos dice que estaba su padre: «No creía en el protestantismo, mas no le era reacio». Gradualmente, sin embargo, un fuerte espíritu evangélico (como diríamos hoy) y un espíritu aún más fuertemente antipapal penetraron en la clase media de los ingleses y añadieron a esa fuerza, fibra y sustancia que nunca les han faltado, un calor y un fervor ideales de los que casi siempre han carecido. De ahí el dicho de que Cromwell fundó la Constitución inglesa. Por supuesto, en apariencia, la obra de Cromwell murió con él; su dinastía fue rechazada, su república descartada; pero el espíritu que culminó en él nunca volvió a decaer, nunca dejó de ser una fuerza potente, aunque a menudo latente y volcánica, en el país. Carlos II dijo que nunca volvería a emprender sus viajes por nada ni por nadie; y sabía muy bien que, aunque los hombres con los que se encontró en Worcester hubieran muerto, el espíritu que los animaba seguía vivo y joven en otros.
Pero la república de Cromwell y el estricto credo puritano eran profundamente aborrecibles para la mayoría de los ingleses. Eran, si me atrevo a decirlo, como el elemento «rojo» en Francia y en otros lugares—la única fuerza revolucionaria en todo el Estado, y como tal eran odiados. Esa fuerza por sí sola podía hacer poco; de hecho, su mera aparición tendía a asustar y enajenar tanto a las clases moderadas y anodinas como a las refinadas y razonadoras. Sola era impotente contra la sólida arcilla de la naturaleza apática inglesa. Pero dad a este elemento fogoso un cuerpo de tierra de aspecto decente; dadle un pretexto para estallar en una ocasión en que las clases decentes, cultas y aristocráticas pudieran unirse a él, y ellas vencerían por medio de él, y este podría disfrazarse bajo su cobertura.
Tal excusa se encontró en 1688. Jacobo II, con increíble y terca insensatez, irritó no solo a las clases que habían luchado contra su padre,