Pero nuestra Cámara de los Comunes es un verdadero órgano de elección; elige a las personas que le gustan. Y destituye también a quien le gusta. No importa que hace pocos meses fuera elegida para apoyar a lord Aberdeen o a lord Palmerston; en una ocasión imprevista expulsa al estadista al que al principio se adhirió y selecciona a un estadista opuesto al que al principio rechazó. Sin duda, en tales casos hay una referencia tácita a la probable opinión pública; pero ciertamente también hay mucho libre albedrío en el juicio de los Comunes. La Cámara solo va allí donde piensa que al final la nación la seguirá; pero se arriesga a que la nación la siga o no; asume la iniciativa y actúa según su discreción o su capricho.
Cuando la nación americana ha elegido a su presidente, su virtud se desvanece, al igual que la del Colegio Trasmisivo a través del cual lo elige. Pero debido a que la Cámara de los Comunes tiene el poder de destitución además del poder de elección, sus relaciones con el primer ministro son incesantes. Ellos lo guían y él los lidera. Él es para ellos lo que ellos son para la nación. Solo va a donde cree que irán tras él. Pero tiene que tomar la iniciativa; debe elegir su dirección y comenzar el viaje. Tampoco debe acobardarse. A un buen caballo le gusta sentir el freno del jinete; y a una gran asamblea deliberativa le gusta sentir que está bajo una guía digna. Un ministro que sucumbe ante la Cámara —que busca ostentosamente su complacencia— que no intenta regularla —que no le señala con audacia los errores evidentes— rara vez prospera. Los grandes líderes del Parlamento han variado mucho, pero todos han tenido una cierta firmeza. Una gran asamblea se echa a perder tan pronto por exceso de indulgencia como un niño pequeño. Toda la vida de la política inglesa es la acción y la reacción entre el Ministerio y el Parlamento. Los designados se esfuerzan por guiar, y los designantes se agitan bajo esa guía.
La función electiva es ahora la más importante de la Cámara de los Comunes. Conviene mucho insistir en esto, y ser machacón, porque