catástrofes desde que nuestra Constitución alcanzó la madurez, que apenas apreciamos esta excelencia latente. No hemos necesitado un Cavour para gobernar una revolución —un hombre representativo por encima de todos los hombres idóneo para una gran ocasión, y traído para gobernar por un método legal natural.
Pero aun en Inglaterra, en lo que fue la crisis más próxima a una gran conmoción repentina que hemos tenido en los últimos años —la dificultad de Crimea—, utilizamos este poder inherente. Destituimos al Gabinete de Aberdeen, el más capaz que hemos tenido, tal vez, desde la Ley de Reforma; un Gabinete no solo adaptado, sino eminentemente adaptado, para toda clase de dificultades excepto la que tuvo que afrontar; que abundaba en discreción pacífica y carecía únicamente del «elemento demoníaco»; elegimos a un estadista que poseía la clase de mérito que entonces se necesitaba, que, cuando siente tras de sí el poder firme de Inglaterra, avanza sin vacilación y golpea sin restricciones. Como se dijo en su momento: «Echamos al cuáquero y metimos al púgil».