Mientras que una mayoría en el Parlamento se compraba principalmente mediante el patrocinio real, el rey era parte en el trato, ya fuera con su ministro o sin él.
Pero aun bajo nuestra Constitución actual, un monarca como Jorge III, con grandes capacidades, poseería la mayor influencia.
Es sabido en toda Europa que en Bélgica el rey Leopoldo ha ejercido un poder inmenso mediante el uso de los medios que he descrito.
Es conocido también por todos los familiarizados con el curso real de la historia reciente de Inglaterra que el príncipe Alberto realmente adquirió un gran poder exactamente de la misma manera. Poseía los raros dones de un monarca constitucional. Si su vida se hubiera prolongado veinte años, su nombre habría sido conocido en Europa como lo es el del rey Leopoldo.
Mientras vivió estuvo en desventaja. Los hombres de Estado que tenían más poder en Inglaterra eran hombres de mucha mayor experiencia que él.
Podía ejercer, y sin duda ejercía, una gran influencia, si no dominante, sobre lord Malmesbury, pero no podía dominar a lord Palmerston.
El viejo hombre de Estado que gobernaba Inglaterra, a una edad en la que la mayoría de los hombres no son aptos para gobernar a sus propias familias, recordaba a toda una generación de estadistas que habían muerto antes de que el príncipe Alberto naciera.
Los dos eran de distinta edad y diferente carácter. La meticulosidad del príncipe alemán —una meticulosidad que ha sido justa y felizmente comparada con la de Goethe— resultaba por completo ajena al estadista mitad irlandés, mitad inglés. El valor un tanto estridente ante peligros menores y el uso ostentoso de un tópico siempre eficaz pero no siempre