Durante la mayor parte de su vida, Jorge III fue una especie de «obstrucción consagrada».
Hiciera lo que hiciese, tenía una santidad diferente a la de cualquier otra persona, y perversamente sucedía que solía estar equivocado. Tenía tan buenas intenciones como cualquiera pudiera desear, y atendía los asuntos de su país como un oficinista que tiene que ganarse el pan atiende los asuntos de su despacho.
Pero su mente era pequeña, su educación limitada, y vivió en una época de cambios. En consecuencia, se resistía siempre a lo que debía ser y prolongaba lo que no debía ser.
Fue el agresor siniestro pero sagrado de la mitad de sus ministerios; y cuando la Revolución Francesa despertó el horror del mundo y demostró que la democracia era «impía», la piedad de Inglaterra se concentró en él y le otorgó una fuerza decuplicada.
La Monarquía, mediante su sanción religiosa, confirma ahora todo