líderes whigs y a otros elementos temporales adscritos a los principios liberales, mas no a dichos principios en su esencia. De modo que el último precedente de una embestida real contra un ministerio terminó así: oponiéndose a los principios correctos, secundando los principios incorrectos y perjudicando al partido al que pretendía ayudar. Tras semejante advertencia, es probable que nuestros monarcas sigan la política que una larga serie de precedentes pacíficos prescribe en la actualidad: dejarán que un ministerio en el que confía el Parlamento quede sujeto al juicio del Parlamento.
En verdad, los peligros derivados de un espíritu de partido en el Parlamento que supere al de la nación, y de un egoísmo en el Parlamento que contradiga el verdadero interés de la nación, no son grandes peligros en un país donde la mente de la nación es firmemente política y donde su control sobre sus representantes es constante. Una oposición firme a una opinión pública formada es difícilmente posible en nuestra Cámara de los Comunes, tan incesante es la atención nacional a la política, y tan agudo el temor en la mente de cada miembro de que pueda perder su valioso escaño. Estos peligros pertenecen a comunidades primitivas y dispersas, donde no hay cuestiones políticas interesantes, donde las distancias son grandes, donde ninguna opinión vigilante juzga los excesos parlamentarios, donde a pocos les importa tener escaños en la cámara, y donde muchos de esos pocos están, por sus caracteres y sus antecedentes, mejor fuera de ella que dentro. El gran vicio del gobierno parlamentario en una nación política adulta es el capricho del Parlamento en la elección de un Ministerio. Una nación difícilmente puede controlarlo aquí; y no es bueno que, excepto dentro de amplios límites, deba controlarlo. El juicio parlamentario sobre los méritos o deméritos de una administración depende muy generalmente