que, por muy falsa que sea en lo que respecta a cada uno de ellos personalmente, no podía negarse en cuanto afecta a los propietarios de tierras en general. Soy consciente de la dificultad, pero no desespero de sacar adelante el proyecto de ley. Debéis ser el mejor juez del rumbo que debéis tomar, y del rumbo más propicio para granjearos la confianza de la Cámara de los Lores. Mi opinión es que debéis aconsejar a la Cámara que vote aquello que más contribuya al orden público y sea más
Este es el modo en que la Cámara de los Lores llegó a ser lo que es ahora, una cámara con (en la mayoría de los casos) un veto suspensivo, con (en la mayoría de los casos) un poder de revisión, pero sin otros derechos ni poderes.
La pregunta que debemos responder es: «Siendo la Cámara de los Lores de este modo, ¿para qué sirven los Lores?».
Evidentemente falla la creencia común de que es un baluarte contra una revolución inminente. Como la carta del duque demuestra en cada línea, los miembros más sabios, los miembros rectores de la Cámara, saben que la Cámara debe ceder ante el pueblo si el pueblo está decidido. Los dos casos —el de la Ley de Reforma y el de las Leyes de Cereales— fueron casos decisivos. La gran mayoría de los Lores consideraba que la Reforma era la revolución; el Libre Comercio, la confiscación; y ambas cosas juntas, la ruina. Si alguna vez se hubiera podido confiar en que resistirían al pueblo, entonces habrían resistido. Pero, a decir verdad, es vano esperar que una segunda cámara —una cámara de notables— resista jamás a una cámara popular, la cámara de una nación, cuando esa cámara es vehemente y la nación también lo es. No hay fuerza en ella para tal propósito. Toda cámara de clase, toda cámara minoritaria, por decirlo así, se siente débil y desamparada cuando la nación está agitada.