En cuanto a la defensa del departamento, a nadie le importa ni la lee. De entrada, como es natural, no suena verosímil. La Oposición cuenta con la libertad absoluta para elegir el punto de ataque, y rara vez escoge un caso en el que el departamento, a primera vista, parezca tener razón. La impresión inicial será siempre que ha ocurrido algo vergonzoso; que tales y cuales hombres murieron; que este y aquel fusil no se disparaban; que este o aquel barco no navegan. Toda la lectura amena es desfavorable, y todos los elogios resultan aburridísimos.
Nada es más desvalido que un departamento semejante en el Parlamento si carece de un defensor oficial autorizado. Las avispas de la Cámara se abalanzan sobre él; aquí perciben que hay algo fácil de picar, y seguro, pues no puede devolver la picadura. El pequeño grano de fundamento para la queja germina hasta convertirse en toda una cosecha. De inmediato se apela al ministro en turno; él está al frente de la administración y debe enmendar los errores, si es que los hay. El líder de la Oposición dice: > «Se lo planteo al muy honorable caballero, el Primer Lord del Tesoro. Es un hombre de negocios. No estoy de acuerdo con él en su elección de fines, pero es un maestro casi perfecto de los métodos y los medios. Lo que desea hacer, lo hace. Ahora le pido que considere si se deben permitir en el servicio público errores tan gratuitos, una incapacidad tan fatua. Tal vez el honorable caballero me conceda su atención mientras demuestro, a partir de los propios documentos de los departamentos», etc., etc. ¿Qué debe hacer el ministro? Jamás había oído hablar de este asunto; el asunto no le importa. Varios de los partidarios del Gobierno están interesados en la oposición al departamento; un hombre circunspecto,