El caso de un Ministro bajo una forma de gobierno hereditaria es aún peor.
El rey hereditario puede ser débil; puede estar bajo el gobierno de mujeres; puede nombrar a un Ministro por motivos infantiles; puede destituir a uno por caprichos absurdos.
No hay ninguna garantía de que un rey hereditario sea competente para elegir a un buen primer Ministro, y miles de reyes de ese tipo han elegido a millones de malos Ministros.
Por gobierno de tipo dictatorial, o revolucionario, entiendo esa importantísima clase en la cual el soberano —el soberano absoluto— es elegido mediante la insurrección. En teoría, sin duda uno habría esperado que a estas alturas un mecanismo electoral tan rudimentario se hubiera reducido a un papel secundario. Pero, de hecho, la mayor nación (o, tal vez, tras las hazañas de Bismarck, debería decir una de las dos mayores naciones del continente) oscila entre el sistema revolucionario y el parlamentario, y actualmente es gobernada bajo la forma revolucionaria. Francia elige a su gobernante en las calles de París. Los aduladores pueden sugerir que el imperio democrático llegará a ser hereditario, pero los observadores agudos saben que no puede serlo. La idea del Gobierno es que el Emperador representa al pueblo en capacidad, en juicio, en instinto. Pero ninguna familia a través de las generaciones puede poseer suficiente, ni la mitad de suficiente, inteligencia para ello. El déspota representativo debe ser elegido mediante el combate, tal como Napoleón I y Napoleón III fueron elegidos. Y un Gobierno así es probable que, cualesquiera sean sus otros defectos, tenga una administración mucho mejor y más capaz que cualquier otro Gobierno. La cabeza del Gobierno ha de ser un hombre de la más consumida habilidad. No puede conservar