insignificante y marginada, y seguirá siéndolo aun si a su posición no se adhirieran entonces accidentes de secretismo, falsedad y corrupción financiera. El tipo aumenta con rapidez cuando los judíos tienen poder: se vuelve casi universal cuando empiezan a abusar de ese poder. Disminuye a medida que ese poder decae. Pero siempre es el mismo y es un índice de peligro.
El antisemita es un hombre que quiere deshacerse de los judíos. Está lleno de un sentimiento instintivo al respecto. Detesta al judío en tanto que judío, y lo detestaría dondequiera que lo encontrase. Las evidencias de semejante estado de mente nos resultan a todos familiares.
El antisemita admira, por ejemplo, una obra de arte; al descubrir que su autor es judío, esta le resulta repugnante, aunque la obra siga siendo exactamente lo que era antes.
El antisemita confundirá la acción de cualquier judío en particular con su odio general hacia la raza. Difícilmente admitirá grandes talentos en sus adversarios, o si los admite, verá siempre en su expresión algo distorsionado y desabrido.
Cuando se formula una acusación contra un judío, este no puede adoptar una actitud judicial, como tampoco puede hacerlo ese otro extremista, el farsante que niega por completo el problema judío.
Así como esa otra persona, que ahora va desapareciendo de nuestras vidas, no admitía que un judío fuera culpable ante la evidencia más flagrante y era particularmente incapaz de admitir la culpa en un judío que pudiera ser adinerado; así como proclamaba que los judíos en su conjunto eran impecables, del mismo modo el antisemita se acerca a todo judío con una presunción de su probable culpabilidad, de igual modo exagera este prejuicio cuando tiene que vérselas con un judío rico, y de igual modo considera a toda la raza judía en bloque como probablemente culpable de prácticamente cualquier cargo que se le impute.