Como podrán ver cuantos tengan la paciencia de leer mi libro hasta el final, he abogado firmemente en sus últimas páginas por la segunda política.
Sería imposible promulgar en nuestra sociedad, y ante la creciente marea de antagonismo contra los judíos, nuevas leyes que no conduzcan a la injusticia.
Pero si es posible crear un ambiente en el que se hable abiertamente de los judíos, y ellos a su vez admitan, definan y acepten las consecuencias de una nacionalidad separada en medio de nosotros, entonces, una vez establecido tal espíritu, las leyes y normativas acordes con él surgirán de manera natural.
Pero estoy convencido de que invertir este proceso solo conduciría primero a la confusión y después al desastre, tanto para Israel como para nosotros mismos.