Una sociedad comunista puede mantenerse al margen de la sociedad general de propietarios en otros países, pero si ha de triunfar en competencia con ellos, debe convertirlos a su propio credo.
El judío daba por sentada la acción internacional. Tenía una visión económica de la propiedad estrecha y falsa: la de que era una mera institución destinada a modificarse indefinidamente y, de ser necesario, a abolirse. Se le presentó una evidente oportunidad de liderazgo cuando se exigió una acción internacional contra la propiedad.
Por otra parte, nuestro sentido nacional, el patriotismo, que es incomprensible para el judío salvo a través de la falsa analogía de su propio y peculiar patriotismo nómada y tribal, constituye un freno contra el comunismo y, de hecho, contra cualquier tipo de revolución. El proceso de pensamiento del ciudadano patriótico —en gran medida inconsciente, pero no por ello menos eficaz— es aproximadamente el siguiente:
"No puedo funcionar sino como ciudadano de mi nación y, lo que es más, esa nación me hizo lo que soy. Es mi creadora en cierto sentido y, por tanto, tiene autoridad sobre mí. Debo incluso dar mi vida en su defensa si es necesario, porque de no ser por su existencia, ni yo ni los de mi clase podríamos ser.
Mi felicidad, mi libertad de acción individual, mi autoexpresión están todas ligadas a la existencia de la unidad cívica de la que formo parte.
Si algo que me parece bueno en abstracto, o que aparentemente me procurará un bien material, entraña peligro para esa unidad cívica, debo renunciar al bien, considerando que la existencia continua y la fuerza de mi pueblo son un bien mayor al cual debe sacrificarse el menor."
Eso, por decirlo a grandes rasgos, es la expresión del instinto patriótico en el hombre europeo. Eso es lo que ha sentido a lo largo de los tiempos