Maestro Magloire
En este estado de ánimo temerario, Thibault, que aún no había decidido ningún curso de acción en particular, pasó los últimos días del año viejo y los primeros del nuevo. Aun así, recordando los fuertes gastos que a todos y cada uno acarreaba el día de Año Nuevo, había exigido raciones dobles a su proveedor habitual a medida que se acercaba el difícil momento, obteniendo simultáneamente el doble de beneficios del propietario del Boule-d’Or.
Así sucedió que, aparte del inquietante hecho de que su maraña de cabello rojo se hacía más y más grande casi cada día, Thibault entró en el Año Nuevo en mejores condiciones en cuanto a los asuntos materiales de lo que jamás había conocido.
Observad, digo, en cuanto a los asuntos materiales, y solo a los asuntos materiales; porque, aunque el cuerpo parecía en buen estado, el alma ya estaba alarmantemente comprometida. El cuerpo, al menos, iba bien vestido, y diez coronas o más hacían un alegre tintineo en el bolsillo de su chaleco; y así vestido, y así acompañado de esta música plateada, Thibault ya no parecía el aprendiz de un zuequero, sino algún labrador acomodado, o incluso un ciudadano desahogado, que ejercía un oficio tal vez, pero simplemente por su propio placer.
Con el aspecto que ahora tenía, Thibault acudió a una de esas fiestas rurales que son días de gran celebración para toda la provincia. Iban a vaciar los magníficos estanques de Berval y Poudron.
Ahora bien, el vaciado de un estanque es un asunto de gran importancia para el propietario, o para quien lo explota, sin mencionar el gran placer que ofrece a los espectadores. Un acontecimiento así se anuncia, por lo tanto, con un mes de anticipación, y la gente acude desde un radio de treinta millas para disfrutar de este magnífico entretenimiento.
Y a aquellos de mis lectores que no estén acostumbrados a los modales y costumbres de las provincias, déjenme explicarles que la pesca que allí se realiza no es una pesca con sedal, cebado con gusanos, o trigo perfundido, ni con esparavel, ni con jábega, nada de eso; esta pesca consiste en vaciar un estanque, a veces de casi una milla, o incluso de tres millas de largo, de todo pez, desde el lucio más grande hasta el piscardo más pequeño.
Así es como se maneja el asunto. Con toda probabilidad, ni un solo de mis lectores ha visto jamás el tipo de estanque al que me refiero; lo describiré: para empezar, siempre tiene dos salidas, aquella por la que fluye el agua que entra, y aquella por la que fluye el agua que sale; la por la que el agua entra no tiene un nombre particular, aquella por la que se deja salir se llama eliviadero.
El agua, al salir deliviadero, cae en un gran depósito de donde se escapa a través de las mallas de una red fuerte; el agua se marcha, pero los peces se quedan.
Todo el mundo sabe que se necesitan varios días para vaciar un estanque, por lo tanto, aquellos que desean participar en la pesca, y los mirones, no son convocados a asistir antes del segundo, tercer o cuarto día, según el volumen de agua que el estanque tenga que evacuar antes de estar listo para el acto final, y esto ocurre tan pronto como los peces aparecen en el eliviadero.
A la hora anunciada para la pesca, se aglomera una multitud cuyo número varía según la dimensión y la fama del estanque, pero comparativamente tan grande y elegante como la que puede verse en el Campo de Marte o en Chantilly los días de carreras, cuando corren los caballos favoritos y montan los jockeys favoritos.
Solo que aquí los espectadores no observan desde tribunas ni carruajes; al contrario, llegan como pueden o como quieren, en calesas, furgonetas de recreo, faetones, carros, a caballo, en burro, pero, una vez en el lugar, todos se apresuran a buscar un sitio, colocándose ya sea por orden de llegada o según los codazos y empujones de los que cada uno sea capaz, siempre, no obstante, con ese debido respeto a la autoridad que se observa incluso en las regiones menos civilizadas.
Una especie de enrejado robusto, sin embargo, firmemente hincado en el suelo, impide que los mirones caigan al depósito.
El color y el olor del agua auguran la llegada de los peces.
Todo tipo de espectáculo tiene sus inconvenientes:
- cuanto mayor y más grandioso es el público en la ópera, más ácido carbónico hay que inhalar;
- en el vaciado de un estanque, cuanto más se acerca el momento supremo, más gas de los pantanos hay que respirar.
Cuando se abre la esclusa por primera vez, el agua que se precipita es de una limpidez hermosa y de un color levemente verdoso, como el agua de un arroyo; es la capa superior que, arrastrada por su propio peso, es la primera en aparecer.
Poco a poco el agua se vuelve menos transparente y adquiere una tonalidad grisácea; es la segunda capa que se vacía a su vez, y de vez en cuando, con mayor frecuencia a medida que el agua se ensucia más, se ve cruzar un rayo plateado; es algún pez, demasiado pequeño y débil para resistir la corriente, que pasa centelleando como si hiciera las veces de explorador para sus hermanos más fuertes.
Nadie se molesta en recogerlo; se le deja allí boqueando y tratando de encontrar algún pequeño charco de agua estancada en el fondo del estanque, aleteando, chapoteando y dando saltos como un acróbata haciendo sus piruetas.
Entonces el agua negra entra a raudales; este es el último acto, la catástrofe final.
Cada pez, según su capacidad de resistencia, lucha contra la corriente que lo arrastra de este modo desacostumbrado. Instintivamente sienten que hay peligro, y cada uno se esfuerza al máximo por nadar en dirección contraria; el lucio lucha junto a la carpa a la que ayer perseguía con tanto ahínco; la perca se reconcilia con la tinca y, mientras nadan codo con codo, ni por asomo piensa en darle un bocado a la carne que le resulta tan apetitosa en otras ocasiones.
Así los árabes a veces se encuentran acurrucados en los pozos que cavan para cazar, a gacelas y chacales, antílopes y hienas, habiéndose vuelto los chacales y las hienas tan mansos y tímidos como las gacelas y los antílopes.
Pero las fuerzas del pez que aletea y agoniza empiezan por fin a flaquear.
Los exploradores que notamos hace unos minutos se vuelven más numerosos; el tamaño de los peces se vuelve más respetable, lo cual se les demuestra por la atención que reciben de los recogedores.
Estos recogedores son hombres, vestidos con sencillos pantalones de lino y camisas de algodón; los pantalones están arremangados por encima de la rodilla, y las mangas de la camisa subidas hasta los hombros.
Los peces son recogidos en cestas; los destinados a ser vendidos vivos, o guardados para repoblar el estanque, son vertidos en tanques; los condenados a muerte son simplemente extendidos sobre la hierba, y serán vendidos antes de que acabe el día.
A medida que los peces se vuelven más y más abundantes, los gritos de júbilo de los espectadores se hacen más fuertes y frecuentes; pues estos mirones no son como el público de nuestros teatros; no tienen idea de reprimir sus sentimientos, o de mostrar buen gusto aparentando indiferencia. No, ellos vienen a divertirse, y cada buena tenca, o buena carpa, o buen lucio, suscita un aplauso ruidoso, indisimulado y encantado.
Como en una revista bien ordenada, las tropas desfilan en orden, según su peso, si se nos permite usar la expresión, primero los ligeros tiradores, luego los dragones algo más pesados, y finalmente los pesados coraceros y la artillería pesada para cerrar la marcha, así los peces desfilan según sus diversas especies; el más pequeño, es decir, el más débil, primero; el más pesado, es decir, el más fuerte, al final.
Por fin llega el momento en que el agua cesa de fluir; el paso queda literalmente obstruido por el resto de los peces, los peces gordos del estanque, y los recogedores tienen verdaderos monstruos con los que luchar. Este es el momento supremo.
Ahora llega el clímax de los aplausos, los últimos bravos vociferantes. Luego, terminada la obra, todos van a examinar a los actores; estos últimos yacen mayormente boqueando hasta la muerte sobre la hierba del campo, mientras que un cierto número se recupera en el agua.
Buscas las anguilas; ¿dónde están las anguilas, preguntas?
Luego te señalan tres o cuatro anguilas, del grosor de tu pulgar y de la mitad de la longitud de tu brazo; pues las anguilas, gracias a su peculiar organización, han escapado, al menos momentáneamente, de la carnicería general.
Las anguilas se han metido de cabeza en el lodo y han desaparecido; y esta es la razón por la cual se puede ver a hombres con escopetas paseándose por la orilla del estanque y escuchar un disparo de vez en cuando.
Si preguntas el motivo de este tiroteo, te responderán que es para hacer salir a las anguilas de sus escondites.
¿Pero por qué salen las anguilas del lodo cuando oyen la detonación de un fusil?
¿Por qué se dirigen hacia el agua que aún corre en pequeños arroyos por el fondo del estanque?
¿Por qué, en suma, estando a salvo en el fondo del lodo, como otros buenos amigos de nuestra conocimiento que tienen el buen sentido de permanecer allí, no se quedan allí las anguilas, en vez de serpentear de vuelta a una corriente de agua que se las lleva consigo y finalmente las desembarca en el reservorio, es decir, en la fosa común?
El Collège de France no hallaría nada más fácil que responder a esta pregunta, dadas las circunstancias actuales; así que le planteo esta cuestión a sus sabios miembros: ¿No es la idea del arcabuz una pura superstición, y no es la siguiente solución la verdadera y sencilla? El lodo en el que se refugia la anguila es al principio líquido, pero poco a poco se va volviendo cada vez más seco, como una esponja al ser exprimida, y así se torna cada vez más inhóspita para ella, por lo que, a la larga, se ve obligada a regresar a su elemento natural: el agua. Una vez alcanzada el agua, la anguila está perdida; pero no es hasta el quinto o sexto día después del vaciado del estanque cuando se atrapa a las anguilas.
A una fiesta de esta clase habían sido invitados todos los habitantes de Villers-Cotterets, de Crespy, de Mont-Gobert y de los pueblos de alrededor.
Thibault fue como los demás; ya no tenía necesidad de trabajar, pues le resultaba más sencillo dejar que los lobos trabajaran para él. De obrero había pasado a ser un hombre desahogado, ahora solo le faltaba hacerse un caballero, y Thibault confiaba en lograrlo.
No era hombre de quedarse rezagado, y por ello hizo buen uso de brazos y piernas para asegurarse un sitio en primera fila. En el transcurso de esta maniobra le ocurrió que arrugó el vestido de una mujer alta y elegante junto a la cual intentaba instalarse.
La dama tenía aprecio por sus ropas y, sin duda también, estaba acostumbrada a mandar, lo que de manera natural produce una actitud de desdén, pues, volviéndose para ver quién la había rozado, dejó escapar la tajante palabra: «¡Grosero!».
A pesar de la grosería del comentario, la boca que pronunció las palabras era tan hermosa, la dama tan bella y su momentáneo enfado en tan feo contraste con la encantadora expresión de su rostro, que Thibault, en vez de replicar en un tono similar, o incluso más ofensivo, se limitó a retroceder, tartamudeando alguna especie de disculpa.
No hay necesidad de recordarle al lector que, de todas las aristocracias, la belleza sigue siendo la principal. Si la mujer hubiera sido vieja y fea, bien podría haber sido una marquesa, pero Thibault la habría llamado sin duda con algún apelativo oprobioso. Es posible también que las ideas de Thibault estuvieran algo distraídas por el extrañísimo aspecto del hombre que servía de caballero a esta dama,
Era un hombre corpulento de unos sesenta años, vestido enteramente de negro y de una pulcritud en el aseo perfectamente deslumbrante; pero con ello, tan sumamente bajo, que su cabeza apenas llegaba al codo de la señora, y como a ella le habría sido imposible tomarle del brazo sin torturarse positivamente, se contentaba con apoyarse majestuosamente sobre su hombro.
Viéndolos así juntos, se la habría podido tomar por una antigua Cibeles apoyada en una de esas grotescas figurillas modernas de ídolos chinos.
Y qué ídolo tan fascinante era, con aquellas piernas cortas, aquel vientre abultado, aquellos bracitos gordos y rechonchos, aquellas manos blancas bajo los puños de encaje, aquella cabeza y rostro regordetes y rubicundos, aquel cabello tan bien peinado, empolvado y rizado, y aquella diminuta coleta que, con cada movimiento de su dueño, iba arriba y abajo con su pulcro lazo de cinta contra el cuello de la chaqueta.
Hacía pensar en esos escarabajos negros cuyas patas parecen guardar tan poca armonía con el cuerpo, que los insectos parecen rodar más que caminar.
Y con todo, el rostro era tan jovial, los ojillos a la altura de la frente estaban tan llenos de bondad, que uno se sentía involuntariamente atraído hacia él; uno podía estar seguro de que aquel hombrecito apacible estaba demasiado ocupado en pasarlo bien, por todos los medios a su alcance, como para pensar en pelearse con esa persona vaga e indefinida conocida como el prójimo.
Por lo cual, al oír a su compañero hablarle tan displicentemente a Thibault, el buen hombrecito regordete pareció sumirse en la desesperación.
—¡Despacio, señora Magloire! ¡despacio, señora Bailiff! —dijo, logrando en estas pocas palabras que sus vecinas supieran qué y quién era él—; ¡despacio! Esas fueron feas palabras para dirigírselas al pobre muchacho, que está más arrepentido que ustedes por el accidente.
—¿Y se me permite preguntar, Monsieur Magloire —replicó la dama—, si no estoy en libertad de agradecerle que me haya arrugado tan primorosamente mi hermoso vestido de damasco azul, que ahora está completamente arruinado, sin tomar en consideración que también me ha pisado el dedo meñique del pie?
—Os ruego, Madame, que perdonéis mi torpeza —respondió Thibault—; cuando volvisteis el rostro hacia mí, su maravillosa belleza me deslumbró como un rayo de sol de mayo, de modo que no pude ver por dónde pisaba.
No era un mal cumplido para un hombre que durante los últimos tres meses había estado en la compañía diaria de una manada de lobos; sin embargo, no produjo ningún gran efecto en la dama, quien solo respondió con un altivo y pequeño puchero. La verdad era que, a pesar de que Thibault iba tan decentemente vestido, ella había descubierto de inmediato, con la curiosa perspicacia que las mujeres de todas las clases poseen en estos asuntos, a qué clase social pertenecía.
Su fornido y regordete compañero, sin embargo, se mostró más indulgente, pues aplaudió ruidosamente con sus rechonchas manos, que la postura adoptada por su esposa le dejaba libres para usar a su antojo.
—¡Ah! ¡bravo, bravo! —dijo—, ha dado en el clavo, monsieur; es usted un joven listo y parece haber estudiado el estilo para dirigirse a las mujeres. Mi amor, espero que hayas apreciado el cumplido tanto como yo, y para demostrar a este caballero que somos buenos cristianos y no le guardamos rencor, espero que él, si vive en este vecindario y no le queda muy desmano, nos acompañe a casa y nos tomaremos juntos una botella de vino viejo, si Perrine nos saca una del fondo del leñero.
«¡Ah! ahí le reconozco, maese Népomucène; cualquier excusa le sirve para chocar las copas con alguien, y cuando no se presenta una ocasión genuina, es usted muy hábil para rebuscar una, no importa dónde. Pero ya sabe, señor Magloire, que el médico le ha prohibido expresamente beber entre horas».
«Es verdad, señora bailía, es verdad —replicó su marido—, pero no me prohibió ser cortés con un joven tan agradable como el que este señor me parece ser. Sea indulgente, le ruego, Suzanne; abandone ese talante hosco que tan mal le sienta.
Vamos, señora, quien no la conozca pensaría, al oírla, que casi hemos estado a punto de reñir por un vestido. Sin embargo, para probarle lo contrario al señor, le prometo que, si logra convencerlo de que regrese con nosotros, en cuanto lleguemos a casa le daré el dinero para comprar ese vestido de seda adamascada que tanto tiempo lleva deseando».
El efecto de esta promesa fue mágico. Madame Magloire se amansó al instante y, como la pesca estaba a punto de terminar, aceptó con menos descortesía el brazo que Thibault, debemos confesarlo con cierta torpeza, le ofrecía ahora.
En cuanto a Thibault, cautivado por la belleza de la dama, y deduciendo por palabras que se le habían escapado a ella y a su esposo que era la esposa de un magistrado, abrió paso entre la gente que tenía delante con aire imperioso, con la cabeza bien alta todo el tiempo y avanzando con tanta determinación como si partiera en conquista del Toisón de Oro.
Y en verdad, Thibault, el novio electo de Agnelette, el amante que había sido tan ignominiosamente expulsado de su casa por la molinera, no pensaba solo en todo el placer que podría disfrutar, sino en la orgullosa posición que ocuparía como el amado de la mujer de un alguacil, y en todas las ventajas que obtendría de la buena fortuna que tan inesperadamente le había sobrevenido y que tanto tiempo había deseado.
Como por su parte la señora Magloire no solo estaba muy preocupada por sus propios pensamientos, sino que además le prestaba muy poca atención, mirando a derecha e izquierda, primero al frente y luego atrás, como si buscara a alguien, la conversación habría decaído terriblemente durante el trayecto si su excelente compañerito no hubiera corrido con la mejor parte de ella, trotando ora al lado de Thibault, ora al de Suzanne, y bamboleándose como un pato que regresa a casa después de una buena comilona.
Y así, con Thibault enfrascado en sus cálculos y la mujer del bailío con sus ensoñaciones, mientras el bailío trotaba junto a ellos hablando y enjugándose la frente con un pañuelo de bolsillo de fina batista, llegaron al pueblo de Erneville, situado a cosa de una milla y media de los estanques de Poudron.
Fue aquí, en este encantador pueblo situado a mitad de camino entre Haramont y Bonneuil, a tiro de piedra del castillo de Vez, la morada de mi señor el barón, donde el señor Magloire ejercía como magistrado.