Conclusión
Es tentador concluir con especulaciones sobre el futuro de la novela; ¿se volverá más o menos realista, será aniquilada por el cine, etcétera?
Las especulaciones, ya sean tristes o animadas, siempre tienen un aire pretencioso; son un modo muy cómodo de ser útiles o impresionantes. Pero no tenemos derecho a albergar ninguna. Nos hemos negado a ser encorsetados por el pasado, así que tampoco debemos lucrar con el futuro.
Hemos visualizado a los novelistas de los últimos dos doscientos años escribiendo todos juntos en una misma habitación, sujetos a las mismas emociones y poniendo los accidentes de su época en el crisol de la inspiración, y cualesquiera que hayan sido nuestros resultados, nuestro método ha sido sólido; sólido para una reunión de pseudoestudiosos como nosotros.
Pero debemos visualizar a los novelistas de los próximos doscientos años escribiendo también en la habitación. El cambio en sus temas será enorme; ellos no cambiarán.
Podremos dominar el átomo, podremos descender en la luna, podremos abolir o intensificar la guerra, los procesos mentales de los animales quizás se comprendan; pero todo esto son fruslerías, pertenecen a la historia, no al arte. La historia se desarrolla, el arte permanece estático. El novelista del futuro tendrá que hacer pasar todos los nuevos hechos a través del mecanismo viejo aunque variable de la mente creativa.
Hay, sin embargo, una pregunta que toca nuestro tema y que solo un psicólogo podría responder. Pero hagámonosla. ¿Se alterará el proceso creativo en sí mismo? ¿Adquirirá el espejo una nueva capa de azogue? En otras palabras, ¿puede cambiar la naturaleza humana? Consideremos esta posibilidad por un momento; tenemos derecho a semejante desahogo.
Es divertido escuchar a los ancianos sobre este tema. A veces un hombre dice con tono seguro: «La naturaleza humana es la misma en todas las épocas. El hombre primitivo de las cavernas late en lo hondo de todos nosotros. La civilización... ¡bah!, una mera capa de barniz. No se pueden alterar los hechos». Habla así cuando se siente próspero y satisfecho. Cuando se siente deprimido y le preocupan los jóvenes, o se pone sentimental con ellos bajo el pretexto de que tendrán éxito en la vida cuando él ha fracasado, entonces adopta el punto de vista contrario y dice misteriosamente: «La naturaleza humana no es la misma. He presenciado cambios fundamentales en mi propio tiempo. Hay que afrontar los hechos». Y sigue así día tras día, afrontando los hechos alternativamente y negándose a alterarlos.
Todo lo que haré es plantear una posibilidad. Si la naturaleza humana cambia, será porque los individuos logran mirarse a sí mismos de una manera nueva. Aquí y allá, algunas personas —muy pocas, pero algunos novelistas están entre ellas— intentan hacer esto. Toda institución e interés creado se opone a tal búsqueda: la religión organizada, el Estado, la familia en su aspecto económico, no tienen nada que ganar, y solo cuando las prohibiciones externas se debilitan puede llevarse a cabo; la historia la condiciona hasta ese punto. Tal vez los buscadores fracasen, tal vez sea imposible que el instrumento de la contemplación se contemple a sí mismo, tal vez si es posible signifique el fin de la literatura imaginativa —lo cual, si le entiendo bien, es la opinión de ese agudo investigador que es el Sr. I. A. Richards—. De cualquier modo, por ahí se encuentra el movimiento y hasta la combustión para la novela, pues si el novelista se ve a sí mismo de manera diferente, verá a sus personajes de manera diferente y el resultado será un nuevo sistema de iluminación.
No sé al borde de qué filosofía o de qué filosofías rivales vacilan las observaciones anteriores, pero al mirar atrás hacia mis propios jirones de conocimiento y hacia mi propio corazón, veo estos dos movimientos de la mente humana: la gran e incesante acometida conocida como historia, y un movimiento lateral tímido y como de cangrejo.
Ambos movimientos han sido descuidados en estas conferencias: la historia porque solo arrastra a la gente, no es más que un tren lleno de pasajeros; y el movimiento de cangrejo porque es demasiado lento y cauteloso como para ser visible en nuestro diminuto período de dos días cientos de años.
Así que establecimos como axioma al comenzar que la naturaleza humana es inmutable, y que produce en rápida sucesión ficciones en prosa, las cuales, cuando contienen 50.000 palabras o más, se llaman novelas.
Si tuviéramos el poder o la licencia para adoptar una perspectiva más amplia y examinar toda la actividad humana y prehumana, quizás no concluiríamos así; el movimiento de cangrejo, los desplazamientos de los pasajeros, tal vez serían visibles, y la frase «el desarrollo de la novela» dejaría de ser una etiqueta pseudoerudita o una trivialidad técnica, para volverse importante, porque implicaría el desarrollo de la humanidad.