por qué. > Los puntos planteados pueden parecer triviales. Pero nos conducirán a una atalaya conveniente desde la que podremos iniciar nuestro ataque principal la
Necesitamos un puesto de observación, pues la novela es una masa formidable y tan amorfa —no hay en ella montaña alguna que escalar, ni Parnaso ni Helicón, ni siquiera un Pisga—.
Es muy claramente una de las zonas más húmedas de la literatura, irrigada por un centenar de riachuelos y que ocasionalmente degenera en pantano.
No me extraña que los poetas la desprecien, aunque a veces se encuentren en ella por accidente. Y no me sorprende el enojo de los historiadores cuando, por accidente, ella se encuentra entre ellos.
Quizá debamos definir qué es una novela antes de empezar. Esto no nos llevará ni un segundo. M. Abel Chevalley ha proporcionado una definición en su brillante y pequeño manual, y si un crítico francés no puede definir la novela inglesa, ¿quién puede? Es, dice, «una ficción en prosa de una cierta extensión» (une fiction en prosa d’une certaine étendue). Eso es más que suficiente para nosotros, y tal vez podamos llegar tan lejos como para añadir que la extensión no debería ser inferior a 50.000 palabras. Cualquier obra de ficción en prosa de más de 50.000 palabras será una novela a los efectos de estas conferencias, y si esto os parece poco filosófico, ¿queréis pensar en una definición alternativa que incluya El progreso del peregrino, Marius el epicúreo, Las aventuras de un hijo menor, La flauta mágica, El diario del año de la peste, Zuleika Dobson, Rasselas, Ulises y Mansiones verdes, o bien que dé razones para su exclusión?
Es verdad que partes de nuestra esponjosa región parecen más ficticias que otras: cerca del centro, sobre un montículo de hierba, están la