Personas ( Continuación )
Pasamos ahora de la trasplantación a la aclimatación.
Hemos discutido si se podría sacar a las personas de la vida real y meterlas en un libro, y a la inversa, si podrían salir de los libros y sentarse en esta habitación. La respuesta sugerida fue negativa y dio lugar a una pregunta más vital: ¿podemos entendernos en la vida cotidiana?
Hoy nuestros problemas son más académicos. Nos interesan los personajes en su relación con otros aspectos de la novela; con una trama, una moraleja, sus compañeros de reparto, la atmósfera, etc. Tendrán que adaptarse a otras exigencias de su creador.
De ello se deduce que ya no esperaremos que coincidan como un todo con la vida cotidiana, sino tan solo que discurran en paralelo a ella. Cuando decimos que un personaje de Jane Austen, la señorita Bates por ejemplo, es «tan parecido a la vida misma», queremos decir que cada uno de sus fragmentos coincide con un fragmento de vida, pero que ella como un todo solo es paralela a la solterona charlatana que conocimos tomando el té. La señorita Bates está atada por un centenar de hilos a Highbury. No podemos arrancarla de ahí sin llevarnos también a su madre, y a Jane Fairfax, y a Frank Churchill, y a todo Box Hill; mientras que sí podríamos arrancar a Moll Flanders, al menos a efectos experimentales. Una novela de Jane Austen es más compleja que una de Defoe, porque los personajes son interdependientes, y existe la complicación añadida de una trama. La trama en Emma no es prominente y la señorita Bates contribuye poco. Aun así, está ahí, está conectada con los protagonistas, y el resultado es un tejido tupido del