puertas. Y sin embargo, al mismo tiempo, fue sin duda uno de los mayores farsantes en cuanto a ellas, creo, que la historia pueda producir; su retórica y su conducta andaban a perennestorceduras. Jamás se abría la puerta del salón sin que su filosofía o sus principios cayeran víctimas de ella; tres gotas de aceite con una pluma y un golpe certero de martillo habrían salvado su honor para siempre. > > ¡Alma inconsistente que es el hombre; languideciendo bajo heridas que tiene el poder de sanar; su vida entera en contradicción con su saber; su razón, ese precioso don de Dios para él (en lugar de verter aceite), sirviendo tan solo para agudizar sus sensibilidades, multiplicar sus dolores y volverlo más melancólico e inquieto ante ellos! ¡Pobre infeliz criatura, que actúe de ese modo! ¿Acaso no son suficientes las causas necesarias de la miseria en esta vida como para que añada voluntarias a su reserva de pesadumbres? Luchar contra males que no pueden evitarse, y someterse a otros que una décima parte de los problemas que le crean apartaría de su corazón para siempre. > > Por todo lo que hay de bueno y virtuoso, si se pueden conseguir tres gotas de aceite y se halla un martillo en un radio de diez millas de Shandy Hall, la bisagra de la puerta
El pasaje citado en último lugar es, por supuesto, de Tristram Shandy. El otro pasaje era de Virginia Woolf. Tanto ella como Sterne son fantasistas. Parten de un pequeño objeto, revolotean a partir de él y vuelven a posarse en él. Combinan una apreciación humorística del barullo de la vida con un agudo sentido de su belleza. Hay incluso el mismo tono en sus voces —un desconcierto bastante deliberado, una declaración a los cuatro vientos