reflexiones cuando le roba el collar de oro a la niña que regresa de la clase de baile. El hecho se comete en el pequeño pasaje que conduce a San Bartolomé, en Smithfield (hoy se puede visitar el lugar; Defoe ronda por Londres) y su impulso es matar también a la niña. No lo hace, el impulso es muy débil, pero consciente del riesgo que ha corrido la criatura, se muestra sumamente indignada con los padres por «dejar que la pobre pequeña cordera viniera a casa sola, y eso les enseñaría a cuidarla mejor la próxima vez».
¡Con qué pesadez y pretensión se esforzaría un psicólogo moderno en expresar esto! A Defoe simplemente se le desliza de la pluma, y lo mismo ocurre en otro pasaje, donde Moll engaña a un hombre y luego se lo cuenta jocosamente después, con el resultado de que se gana aún más su favor y ya no puede soportar volver a engañarlo.
Todo lo que hace nos produce una ligera sacudida; no la sacudida de la desilusión, sino la emoción que proviene de un ser vivo. Nos reímos de ella, pero sin amargura ni superioridad. No es ni