esa es la deidad que acecha tras su obra maestra: el ejército de la confusión inefable, el universo como una castaña caliente. No es de extrañar que otro divino confuso, el doctor Johnson, al escribir en 1776, señalara: «Nada extraño dura mucho tiempo: ¡Tristram Shandy no duró!». El doctor Johnson no siempre estuvo acertado en sus juicios literarios, pero la pertinencia de este supera toda creencia.
Pues bien, eso debe servirnos como definición de la fantasía. Implica lo sobrenatural, pero no necesita expresarlo. A menudo sí lo expresa, y si ese tipo de clasificación fuera útil, podríamos hacer una lista de los recursos que los escritores de inclinación fantástica han utilizado —como la introducción de un dios, un fantasma, un ángel, un mono, un monstruo, un enano, una bruja en la vida ordinaria; o la introducción de hombres ordinarios en tierra de nadie, el futuro, el pasado, el interior de la tierra, la cuarta dimensión; o inmersiones y divisiones de la personalidad; o finalmente el recurso de la parodia o la adaptación. Estos recursos no tienen por qué volverse aburridos; se le ocurrirán de forma natural a los escritores de cierto temperamento y se les dará un uso nuevo; pero el hecho de que su número sea estrictamente limitado es interesante; y sugiere que el haz de luz solo puede manipularse de ciertas maneras.
Elegiré, como un ejemplo típico, un libro reciente sobre una bruja: Flecker’s Magic, de Norman Matson. Me pareció bueno y se lo recomendé a un amigo cuyo criterio respeto. Él lo encontró mediocre. Eso es lo cansado de los libros nuevos; nunca nos dan esa sensación de sosiego que experimentamos al leer los clásicos. Flecker’s Magic apenas contiene nada nuevo —las fantasías no pueden hacerlo—: solo la vieja, viejísima historia del anillo de los deseos que trae desdicha o nada en absoluto. A Flecker, un muchacho estadounidense que está aprendiendo a pintar en París, una chica en un café le regala el anillo; le dice que es una bruja; a él le basta con estar seguro de lo que quiere para obtenerlo. Para probar su poder, un autobús se eleva lentamente desde la calle y da una vuelta en el aire. Los pasajeros, que no se caen, intentan actuar como si nada