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nydus/Aspects of the NovelPublic
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VII. Profecía

Es distinta de la fantasía porque mira de frente hacia la unidad, mientras que la fantasía echa vistazos a su alrededor. Su confusión es accesoria, mientras que la de la fantasía es fundamental; Tristram Shandy debe ser un embrollo, Zuleika Dobson debe estar cambiando continuamente de mitologías.

También el profeta —uno se imagina— se ha vuelto «loco» de manera más completa que el escritor fantástico; se encuentra en un estado emocional más remoto mientras compone. No muchos novelistas tienen este aspecto. Poe es demasiado incidental. Hawthorne da vueltas con demasiada ansiedad en torno al problema de la salvación individual como para liberarse. Hardy, un filósofo y un gran poeta, podría parecer que reúne méritos, pero las novelas de Hardy son panoramas, no emiten sonidos. El escritor se reclina, es verdad, pero los personajes no se estiran hacia atrás. Nos los muestra mientras dejan que sus brazos asciendan y desciendan en el aire; podrán ser paralelos a nuestros sufrimientos, pero nunca pueden ampliarlos —nunca, quiero decir, podría Jude dar un paso al frente como Mitia y desatar torrentes de nuestra emoción al decir: «Caballeros, he tenido un mal sueño»—.

Conrad se encuentra en una posición bastante similar. La voz, la voz de Marlow, está demasiado llena de experiencias como para cantar, está embotada por muchos recuerdos de error y de belleza, su dueño ha visto demasiado como para ver más allá de la causa y el efecto. Tener una filosofía⁠—incluso una filosofía poética y emocional como la de Hardy y la de Conrad⁠—conduce a reflexiones sobre la vida y las cosas. Un profeta no reflexiona. Y no insiste machaconamente.

Por eso excluimos a Joyce. Joyce tiene muchas cualidades afines a la profecía y ha demostrado (especialmente en Retrato del artista) una comprensión imaginativa del mal. Pero socava el universo de un modo demasiado aplicado, buscando aquí o allá esta o aquella herramienta: a pesar de toda su holgura interna, es demasiado rígido, nunca es vago salvo tras la debida deliberación; es charla, charla, nunca canción.

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