Tan enorme es el sacrificio que muchos lectores no logran interesarse en James, aunque puedan seguir lo que dice (su dificultad ha sido muy exagerada) y apreciar sus efectos. No pueden concederle su premisa, que es que la mayor parte de la vida humana tiene que desaparecer antes de que él pueda escribirnos una novela.
Tiene, en primer lugar, una lista muy breve de personajes. Ya he mencionado a dos: el observador que intenta influir en la acción, y el outsider de segunda fila (a quien, por ejemplo, se confía todo el brillante inicio de What Maisie Knew). Después está el contraste simpático —muy animado y frecuentemente femenino— en The Ambassadors. Maria Gostrey desempeña este papel; está la maravillosa y rara heroína, a la que se acercó Mme. de Vionnet y que consuma Milly en The Wings of the Dove; a veces hay un villano, a veces un joven artista con impulsos generosos, y eso es más o menos todo. Para un novelista tan refinado, es un repertorio pobre.
En segundo lugar, los personajes, además de ser pocos, están construidos con criterios muy mezquinos. Son incapaces de divertirse, de moverse con rapidez, de carnalidad y de nueve décimas partes del heroísmo.
Sus ropas no se quitan, las enfermedades que los asolan son anónimas, al igual que las fuentes de sus ingresos, sus sirvientes son silenciosos o se les parecen, ninguna explicación social del mundo que conocemos es posible para ellos, ya que no hay gente estúpida en su mundo, ni barreras idiomáticas, ni pobres.
Incluso sus sensaciones son limitadas. Pueden desembarcar en Europa y contemplar obras de arte y mirarse los unos a los otros, pero eso es todo.
Solo criaturas mutiladas pueden respirar en las páginas de Henry James; mutiladas pero especializadas. Recuerdan a las exquisitas deformidades que poblaron el arte egipcio durante el reinado de Akenatón: cabezas enormes y piernas diminutas, pero no obstante encantadoras. En el reinado siguiente desaparecen.