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nydus/Aspects of the NovelPublic
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VII. Profecía

los ciegos: haz que ella vea que Dios la envuelve; que no tiemble más que ante el pecado que la aparta de Él. Derrite el corazón duro; desella los labios cerrados: haz que clame con toda su alma: “Padre, he pecado”». —Dinah —sollozó Hetty, echándole los brazos al cuello—, voy a hablar… voy a decirlo… no lo ocultaré más. Sí lo hice, Dinah… enterré en el bosque… al hijito… y lloraba… le oí llorar… desde muy lejos… toda la noche… y volví porque lloraba. Hizo una pausa y luego habló deprisa, en un tono suplicante y más alto. —Pero pensé que tal vez no moriría… alguien podría encontrarlo. Yo no lo maté… no lo maté yo misma. Lo puse allí y lo cubrí, y cuando volví ya no estaba.⁠ ⁠… No sé lo que sentí hasta que descubrí que el bebé ya no estaba. Y cuando lo puse allí, pensé que me gustaría que alguien lo encontrara y lo salvara de morir, pero cuando vi que no estaba, me quedé como de piedra, aterrorizada. No se me ocurrió moverme, me sentía tan débil. Sabía que no podía huir, y cualquiera que me viera se enteraría de lo del bebé. Se me quedó el corazón como una piedra; no podía desear ni intentar nada; era como si fuera a quedarme allí para siempre y nada fuera a cambiar nunca. Pero vinieron y me llevaron. Hetty guardó silencio, pero volvió a estremecerse, como si aún quedara algo por decir; y Dinah esperó, pues tenía el corazón tan lleno que las lágrimas debían venir antes que las palabras. Al fin Hetty prorrumpió en un sollozo. —Dinah, ¿crees que Dios quitará ese llanto y el lugar del bosque, ahora que lo he contado todo?

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