necesaria, y que estamos muy equivocados al suponer que al lunes le sigue el martes, o a la muerte la descomposición. Siempre es posible para usted o para mí en la vida cotidiana negar que el tiempo existe y actuar en consecuencia, aun si nos volvemos ininteligibles y nuestros conciudadanos nos envían a lo que deciden llamar un manicomio. Pero jamás le es posible a un novelista negar el tiempo dentro del tejido de su novela: debe aferrarse, por más levemente que sea, al hilo de su historia, debe tocar la cinta interminable de la tenia, de lo contrario se vuelve ininteligible, lo cual, en su caso, es un disparate.
Intento no ponerme filosófico con respecto al tiempo, ya que es (los expertos nos aseguran) una afición de lo más peligrosa para un profano, mucho más fatal que el espacio; y metafísicos de gran renombre han sido destronados por hacer referencia a él de manera inadecuada. Solo intento explicar que mientras doy esta conferencia oigo ese reloj hacer tic-tac o no lo oigo hacer tic-tac, conservo o pierdo el sentido del tiempo; mientras que en una novela siempre hay un reloj. Al autor puede disgustarle su reloj. Emily Brontë, en Cumbres borrascosas, intentó esconder el suyo. Sterne, en Tristram Shandy, lo puso patas arriba. Marcel Proust, aún más ingenioso, se dedicó a mover las agujas, de modo que su héroe cenaba con una amante y jugaba a la pelota con su niñera en el parque en el mismo periodo. Todos estos recursos son legítimos, pero ninguno de ellos contradice nuestra tesis: la base de una novela es una historia, y una historia es una narración de acontecimientos dispuestos en una secuencia temporal. (Una historia, por cierto, no es lo mismo que una trama. Puede constituir la base de una, pero la trama es un organismo de tipo superior, y será definida y discutida en una futura conferencia).
¿Quién nos contará un cuento?
Sir Walter Scott, por supuesto.
Scott es un novelista sobre el que habremos de dividirnos violentamente. Por mi parte, no me importa demasiado y me cuesta entender que su