La humildad no es fácil con este autor irritable e irritante, pues cuanto más humildes nos ponemos, más irascible se pone él.
Sin embargo, no veo de qué otro modo leerlo. Si empezamos a indignarnos o a burlarnos, su tesoro desaparece tan infaliblemente como si empezáramos a obedecerle.
Lo valioso de él no puede expresarse con palabras; es color, gesto y contorno en las personas y en las cosas, el habitual repertorio del novelista, pero desarrollado mediante un proceso tan diferente que pertenecen a un mundo nuevo.
¿Pero qué pasa con Emily Brontë? ¿Por qué habría de entrar Cumbres borrascosas en esta investigación? Es una historia sobre seres humanos, no contiene ninguna visión del universo.
Mi respuesta es que las emociones de Heathcliffe y Catherine Earnshaw funcionan de manera diferente a otras emociones en la ficción.
En lugar de habitar a los personajes, los rodean como nubarrones de tormenta y generan las explosiones que llenan la novela desde el momento en que Lockwood sueña con la mano en la ventana hasta el momento en que Heathcliffe, con la misma ventana abierta, es hallado muerto.
Cumbres Borrascosas está lleno de sonido—tormenta y viento impetuoso—, un sonido más importante que las palabras y los pensamientos.
Por grande que sea la novela, uno no puede recordar después nada en ella que no sean Heathcliffe y la Catherine mayor. Provocan la acción mediante su separación: la clausuran mediante su unión tras la muerte.
No me extraña que «vagan»; ¿qué otra cosa podrían hacer tales seres? Incluso cuando estaban vivos, su amor y su odio los trascendían.