La vida cotidiana también está llena del sentido temporal. Pensamos que un acontecimiento ocurre antes o después de otro, el pensamiento está a menudo en nuestras mentes, y gran parte de nuestro discurso y nuestra acción procede de esa suposición.
Gran parte de nuestro discurso y nuestra acción, pero no todo; parece haber algo más en la vida además del tiempo, algo que bien puede llamarse «valor», algo que no se mide por minutos u horas, sino por intensidad, de modo que cuando miramos nuestro pasado este no se extiende de manera uniforme, sino que se acumula en unos pocos pináculos notables, y cuando miramos hacia el futuro este parece a veces un muro, a veces una nube, a veces un sol, pero nunca un cuadro cronológico.
Ni la memoria ni la anticipación están muy interesadas en el Padre Tiempo, y todos los soñadores, artistas y amantes están parcialmente liberados de su tiranía; él puede matarlos, pero no puede captar su atención, y en el preciso momento de la fatalidad, cuando el reloj reunió en la torre su fuerza y dio la hora, es posible que ellos estén mirando hacia otro lado.
De modo que la vida cotidiana, sea cual sea en realidad, se compone prácticamente de dos vidas: la vida en el tiempo y la vida según los valores, y nuestra conducta revela una doble lealtad. «Solo la vi durante cinco minutos, pero valió la pena». Ahí tienen ambas lealtades en una sola frase. Y lo que el relato hace es narrar la vida en el tiempo. Y lo que toda la novela hace —si es una buena novela— es incluir también la vida según los valores; utilizando para ello recursos que examinaremos más adelante. Esta también rinde una doble lealtad.
Pero en ella, en la novela, la fidelidad al tiempo es imperativa: ninguna novela podría escribirse sin él. En cambio, en la vida cotidiana la fidelidad puede no ser necesaria: no sabemos, y la experiencia de ciertos místicos sugiere, en efecto, que no es