Para considerar primero las dos más extrañas: el nacimiento y la muerte; extrañas porque son al mismo tiempo experiencias y no experiencias.
Solo sabemos de ellas de oídas.
Todos nacimos, pero no podemos recordar cómo fue. Y la muerte se acerca tal como ha llegado el nacimiento, pero, del mismo modo, no sabemos cómo es. Nuestra experiencia final, al igual que la primera, es conjetural. Nos movemos entre dos oscuridades.
Ciertas personas pretenden decirnos cómo son el nacimiento y la muerte:
- una madre, por ejemplo, tiene su punto de vista sobre el nacimiento,
- un médico, un religioso, tienen sus puntos de vista sobre ambos.
Pero todo es desde fuera, y las dos entidades que podrían iluminarnos, el bebé y el cadáver, no pueden hacerlo, porque su aparato para comunicar sus experiencias no está sintonizado con nuestro aparato de recepción.
Así pues, pensemos en los seres humanos como si comenzaran la vida con una experiencia que olvidan y la terminaran con otra que anticipan pero no pueden comprender.
Estas son las criaturas a las que el novelista se propone presentar como personajes en los libros; estas, o criaturas plausiblemente parecidas a ellas.
Al novelista se le permite recordar y comprender todo, si le conviene. Conoce toda la vida oculta.
¿Cuándo recogerá a sus personajes tras el nacimiento, hasta qué punto cercano a la tumba los seguirá? ¿Y qué dirá, o hará sentir, acerca de estas dos extrañas experiencias?