—Muy bien. Díselo tú, Bernard. — Les Faux Monnayeurs —dijo Bernard—. Y ahora, por favor, díganos quiénes son esos faux monnayeurs . —No tengo la menor idea. Bernard y Laura se miraron y luego miraron a Sofroniska. Se oyó un profundo suspiro. El caso es que las ideas sobre el dinero, la depreciación, la inflación, la falsificación, etc., habían ido invadiendo poco a poco el libro de Edouard, del mismo modo que las teorías sobre la indumentaria invaden Sartor Resartus y llegan a asumir las funciones de los personajes. —¿Alguna vez ha tenido alguien en sus manos una moneda falsa? —preguntó tras una pausa—. Imaginen una pieza de diez francos, de oro, falsa. En realidad vale un par de sueldos, pero seguirá valiendo diez francos hasta que se descubra. Supongamos que empiezo con la idea de que... —Pero ¿por qué empezar con una idea? —estalló Bernard, que ya estaba exasperado—. ¿Por qué no empezar con un hecho? Si introduce el hecho como es debido, la idea vendrá sola. Si yo estuviera escribiendo sus Faux Monnayeurs , empezaría con una pieza de dinero falso, con la moneda de diez francos de la que hablaba, ¡y aquí la tiene! Dicho esto, Bernard sacó una moneda de diez francos del bolsillo y la arrojó sobre la mesa. —Ahí está —comentó—. Suena bien. Me la dio esta mañana el tendero. Vale más de un par de sueldos, ya que
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V. El argumento
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