presa pero con instrumentos más precisos, y es propicia a sospechar que cualquiera que cargue un trabuco es un sentimental en sí mismo. Y sus visiones de la naturaleza no perduran como las de Hardy; hay demasiado de Surrey en ellas, son vaporosas y frondosas. Habría podido escribir el capítulo inicial de El regreso del nativo tanto como Box Hill visitar la llanura de Salisbury. Lo que hay de verdaderamente trágico y perdurable en el paisaje de Inglaterra le fue ocultado, al igual que lo que hay de verdaderamente trágico en la vida. Cuando se pone serio y noble de espíritu hay un tono estridente, una prepotencia que resulta angustiosa. Siento en verdad que se parecía a Tennyson en un aspecto: por no tomarse a sí mismo con la suficiente calma, se forzó las entrañas.
Y sus novelas: la mayoría de los valores sociales son falsos. Los sastres no son sastres, los partidos de críquet no son críquet, los trenes ni siquiera parecen trenes, las familias de la alta sociedad dan la impresión de haber sido desempaquetadas apenas en ese instante, apenas colocadas antes de que comience la acción, con la paja aún adherida a sus barbas.
Resulta sin duda muy extraña la escena social en la que se desenvuelven sus personajes: se debe en parte a su fantasía, lo cual es legítimo, pero en parte a una fría falsificación, y es incorrecto.
Entre la falsificación, la prédica —que nunca resultó grata y ahora se dice que es hueca— y los condados cercanos a Londres haciéndose pasar por el universo, no es de extrañar que Meredith se encuentre ahora en horas bajas.
Y, sin embargo, es en cierto modo un gran novelista. Es el mejor artífice que ha dado la ficción inglesa, y cualquier conferencia sobre la trama debe rendirle homenaje.
Las tramas de Meredith no están estrechamente tejidas. No podemos describir la acción de Harry Richmond en una sola frase, como sí podemos hacerlo con la de Grandes esperanzas, a pesar de que ambos libros