El narrador es un turista en Roma; allí se encuentra con un amigo suyo, bondadoso y de baja estofa, Deering, quien lo reprende con altanería por mirar iglesias y lo pone a explorar la alta sociedad. Esto lo hace él, obediente y recatado; una persona lo pasa a otra; se llega a cafés, estudios y a los alrededores del Vaticano y del Quirinal, hasta que finalmente, al extremo de lo que cree su trayectoria, en un palazzo aristocrático y ruinoso, ¿a quién va a encontrar sino al mediocre Deering?; Deering es el sobrino de su anfitriona, pero lo había ocultado debido a algún traspié de esnobismo. El círculo se completa, los compañeros originales se han reencontrado y se saludan con una confusión mutua que se convierte en una leve risa.
Lo bueno de Roman Pictures no es la presencia del esquema de la «gran cadena» —cualquiera puede organizar una gran cadena—, sino la idoneidad de dicho esquema con el estado de ánimo del autor. Lubbock obra en todo momento administrando una serie de pequeños sobresaltos, y concediendo a sus personajes una caridad tan esmerada que hace que aparezcan bajo una luz bastante peor que si no se hubiera malgastado en ellos caridad alguna. Es la atmósfera cómica, pero agridulce, meticulosamente benigna. Y al final descubrimos con deleite que la atmósfera se ha exteriorizado, y que las parejas, al fundirse en el salón de la marquesa, han hecho exactamente lo que el libro requiere, lo que requería desde el principio, y han unido los incidentes dispersos con un hilo tejido de su propia sustancia.
Thaïs y Roman Pictures ofrecen ejemplos sencillos de diseño; no a menudo se puede comparar un libro con un objeto pictórico con cierta precisión, aunque los críticos, que no saben muy bien qué quieren decir, hablan libremente de curvas, etc. Solo podemos decir (por ahora) que el diseño es un aspecto estético de la novela, y que aunque pueda nutrirse de cualquier elemento de ella —cualquier