se descubrió que fue a causa de la pena por la muerte del rey». Este es un argumento con un misterio en su interior, una forma capaz de un gran desarrollo. Suspende la secuencia temporal, se aleja tanto de la historia como sus limitaciones se lo permiten. Consideremos la muerte de la reina. * Si está en una historia, decimos «¿y después?». * Si está en un argumento, preguntamos «¿por qué?». Esa es la diferencia fundamental entre estos dos aspectos de la novela. Un argumento no puede contarse a un público boquiabierto de hombres de las cavernas, a un sultán tiránico o a su descendiente moderno, el público del cine. A ellos solo se les puede mantener despiertos con un «¿y después?, ¿y después?». Solo pueden aportar curiosidad. Pero un argumento exige también
La curiosidad es una de las facultades humanas más bajas. Habréis notado en la vida diaria que, cuando la gente es preguntona, casi siempre tiene mala memoria y, por lo general, es estúpida en el fondo.
El hombre que empieza por preguntarte cuántos hermanos y hermanas tienes jamás es un personaje simpático, y si te lo encuentras dentro de un año, probablemente te preguntará cuántos hermanos y hermanas tienes, con la boca de nuevo abierta y los ojos todavía saliéndose de las órbitas. Es difícil ser amigo de un hombre así, y para dos personas curiosas debe de ser imposible ser amigas.
La curiosidad por sí sola nos lleva muy lejos, ni tampoco nos adentra mucho en la novela, solo hasta la historia. Si queremos captar la trama, debemos añadir inteligencia y memoria.
Primero la inteligencia. El lector de novelas inteligente, a diferencia del curioso que simplemente repasa un nuevo hecho con la mirada, lo