sobresaltados al descubrir que continúan de manera distinguida e inteligente, pero en regiones que no tienen nada que ver con nada de lo que han leído.
Era esto lo que preocupaba a Gide, o más bien una de las cosas que lo preocupaban, pues tiene una mente ansiosa.
Cuando intentamos traducir la verdad de una esfera a otra, ya sea de la vida a los libros o de los libros a las conferencias, algo le sucede a la verdad, se tuerce, no de repente cuando podría ser detectada, sino lentamente.
Aquel largo pasaje de Les Faux Monnayeurs ya citado, puede devolver el pájaro a su sombra. Después de él, ya no es posible aplicar el viejo aparato. Hay más en la novela que el tiempo o las personas o la lógica o cualquiera de sus derivados, más incluso que el Destino.
Y por «más» no me refiero a algo que excluya estos aspectos ni a algo que los incluya, que los abrace. Me refiero a algo que los atraviesa como una barra de luz, que está íntimamente conectado con ellos en un punto y pacientemente ilumina todos sus problemas, y en otro punto se dispara sobre ellos o a través de ellos como si no existieran.
A esa barra de luz le daremos dos nombres: fantasía y profecía.
Las novelas que ahora debemos considerar cuentan todas una historia, contienen personajes y tienen tramas o fragmentos de trama, por lo que podríamos aplicarles el aparato crítico adecuado para Fielding o Arnold Bennett. Pero cuando digo los nombres de dos de ellas— Tristram Shandy y Moby Dick—, es evidente que debemos detenernos a pensar un momento. El pájaro y la sombra están demasiado alejados. Hay que encontrar una nueva fórmula: el mero hecho de que uno pueda mencionar a Tristram y a Moby en una sola frase lo demuestra. ¡Qué pareja imposible! Tan alejados como los polos. Sí. Y como los polos, tienen