tiempo no hubo forma de hacerle entender qué era la lógica, y cuando comprendió su verdadera naturaleza, más que enojada, se mostró despectiva. «¡La lógica! ¡Dios mío! ¡Qué tontería!», exclamó. «¿Cómo puedo saber lo que pienso hasta que veo lo que digo?». Sus sobrinas, jóvenes educadas, pensaban que era una passée; en realidad, estaba más al día que ellas.
Los que están en contacto con la Francia contemporánea dicen que la generación actual sigue el consejo de Gide y de la anciana, y se precipita resueltamente en la confusión, y de hecho admira a los novelistas ingleses bajo el argumento de que rara vez logran lo que se proponen.
Los cumplidos son siempre encantadores, pero este en particular es un tanto ambiguo. Es como intentar poner un huevo y que te digan que has producido un paraboloide; más curioso que gratificante. Y qué resulta cuando uno intenta poner un paraboloide, no alcanzo a concebirlo; tal vez la muerte de la gallina.
Ese parece ser el peligro en la postura de Gide: se propone poner un paraboloide; no está bien aconsejado, si quiere escribir novelas subconscientes, al razonar de manera tan lúcida y paciente sobre el subconsciente; está introduciendo el misticismo en la etapa equivocada del proceso.
Comoquiera que sea, eso es asunto suyo. Como crítico resulta de lo más estimulante, y los diversos atados de palabras que ha titulado Les Faux Monnayeurs serán disfrutados por todos aquellos que no pueden saber lo que piensan hasta que ven lo que dicen, o que se aburren de la tiranía del argumento y de su alternativa, la tiranía de los personajes.
Evidentemente hay algo más a la vista, algún otro aspecto u otros aspectos que aún tenemos que examinar. Podemos sospechar que la pretensión es conscientemente subconsciente, sin embargo, hay un residuo vago y vasto en el que entra lo subconsciente. La poesía, la