Pero él mismo seguía un poco insatisfecho, y habiendo terminado su clasificación dijo que sí, por supuesto que había una cosa más, y esa era el genio; de nada le servía a un novelista saber que hay nueve clases de clima, a menos que tuviera genio también.
Animado por esta reflexión, clasificó las novelas según sus tonos. Solo hay dos tonos, el personal y el impersonal, y tras haber dado ejemplos de cada uno, volvió a quedarse pensativo y dijo:
«Sí, pero también hay que tener genio, o de lo contrario ningún tono servirá de nada».
Esta referencia constante al genio es otra de las características del pseudoerudito. Le encanta mencionar el genio, porque la sonoridad de la palabra lo exime de intentar descubrir su significado.
La literatura está escrita por genios. Los novelistas son genios. Ya estamos; ahora vamos a clasificarlos. Cosa que hace. Todo lo que dice puede ser exacto, pero todo resulta inútil porque se mueve alrededor de los libros en vez de atravesarlos; o bien no los ha leído o no sabe leerlos como es debido.
Los libros hay que leerlos (mala suerte, pues lleva mucho tiempo); es el único modo de descubrir lo que contienen. Unas pocas tribus salvajes se los comen, pero la lectura es el único método de asimilación revelado a Occidente.
El lector debe sentarse a solas y batallar con el escritor, y esto el pseudoerudito no lo hará. Prefiere relacionar un libro con la historia de su época, con los acontecimientos de la vida de su autor, con los hechos que describe, sobre todo con alguna tendencia. En cuanto puede usar la palabra «tendencia», sus ánimos se elevan, y aunque los de su público puedan decaer, a menudo sacan el lápiz en este punto y toman nota, bajo la creencia de que una tendencia es portátil.