estilo. Tendremos que prestar atención al estado mental del novelista y a las palabras exactas que utiliza; descuidaremos en la medida de lo posible los problemas del sentido común. En la medida de lo posible: pues todas las novelas contienen mesas y sillas, y la mayoría de los lectores de ficción las buscan primero. Antes de condenarlo por afectación y distorsión debemos comprender su punto de perspectiva. Él no está mirando las mesas y sillas en absoluto, y por eso están fuera de foco. Nosotros solo vemos aquello en lo que él no enfoca—no en lo que enfoca— y en nuestra ceguera nos reímos de él.
He dicho que cada aspecto de la novela exige una cualidad diferente en el lector. Bien, el aspecto profético exige dos cualidades: humildad y la suspensión del sentido del humor. La humildad es una cualidad por la que solo siento una admiración limitada. En muchas fases de la vida es un gran error y degenera en actitud defensiva o hipocresía. Pero la humildad resulta oportuna en este preciso instante. Sin su ayuda no escucharemos la voz del profeta, y nuestros ojos contemplarán un monigote en lugar de su gloria. Y el sentido del humor —eso está fuera de lugar—: hay que dejar a un lado ese estimable complemento del hombre educado. Al igual que los escolares de la Biblia, uno no puede evitar reírse de un profeta —su calva es de lo más absurda—, pero se puede restar importancia a la risa y comprender que no tiene ningún valor crítico y que es mero alimento para los osos.
Distinguigamos entre el profeta y el no profeta.
Había dos novelistas que se habían criado en el cristianismo. Especularon y se apartaron, pero ni abandonaron ni querían abandonar el espíritu cristiano, al que interpretaban como un espíritu amoroso. Ambos sostenían que el pecado siempre es castigado, y que el castigo es una purgación, y veían este proceso no con la distancia de un antiguo griego o de un hindú moderno, sino con lágrimas en los ojos.