—Me da igual a dónde —dice él—, pero tengo antojo de parecer de la alta sociedad durante una semana. Iremos a Oxford —dice. —¿Cómo —digo yo— iremos? No soy amazona, y en carroza queda demasiado lejos. —¿Demasiado lejos! —dice él—; ningún lugar queda lejos para una carroza de seis caballos. Si te saco a pasear, viajarás como una duquesa. —Mjum —digo yo—, querido, es una excentricidad; pero si te apetece, a mí me da igual. Bien, se fijó la fecha, tuvimos una carroza lujosa, caballos muy buenos, un cochero, un postillón y dos lacayos con libreas muy buenas; un caballero a caballo y un paje con una pluma en el sombrero sobre otro caballo. A todos los sirvientes los llamaban «mi señor», y los mesoneros, podéis estar seguros, hicieron lo propio, y yo fui su señoría la Condesa, y así viajamos a Oxford y tuvimos un viaje muy placentero; porque, a su favor hay que decirlo, no había mendigo viviente que supiera ser un señor mejor que mi marido. Vimos todas las rarezas de Oxford, hablamos con dos o tres miembros de Colegios Mayores sobre matricular en la Universidad a un joven sobrino que había quedado al cuidado de su señoría, y sobre que ellos fueran sus tutores. Nos divertimos gastándole bromas a varios otros pobres académicos, dándoles esperanzas de ser al menos los capellanes de su señoría y de vestir la banda; y así, habiendo vivido como la nobleza, en verdad, en cuanto a gastos, nos fuimos hacia Northampton y, en una palabra,
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III. Personas
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