pertenece a la misma tradición pero a una fase posterior de la misma. O la técnica de la conversación: en mis pares de ejemplos no pude incluir un par de diálogos, aunque quería, por la razón de que el uso del «él dijo» y «ella dijo» varía tanto a través de los siglos que tiñe su entorno y, aunque los hablantes puedan estar concebidos de manera similar, no lo parecerán en un fragmento.
Bien, no podemos examinar cuestiones como estas y debemos admitir que somos más pobres por ello, aunque podemos abandonar el desarrollo de los temas y el desarrollo del género humano sin pesar.
La tradición literaria es la zona fronteriza situada entre la literatura y la historia, y el crítico bien provisto pasará mucho tiempo en ella y enriquecerá su juicio en consecuencia.
No podemos ir allí porque no hemos leído lo suficiente.
Debemos fingir que pertenece a la historia y cortarlo de raíz en consecuencia.
Debemos negarnos a tener nada que ver con la cronología.
Permítanme citar aquí, para nuestro consuelo, a mi predecesor inmediato en este puesto de conferenciante, el señor T. S. Eliot. El señor Eliot enumera, en la introducción de El bosque sagrado, los deberes del crítico: «Forma parte de su oficio preservar la tradición —cuando existe una buena tradición—. Forma parte de su oficio ver la literatura con constancia y verla en su totalidad; y esto es, por excelencia, no verla como consagrada por el tiempo, sino verla más allá del tiempo». El primer deber no podemos cumplirlo, el segundo debemos intentar cumplirlo. No podemos ni examinar ni preservar la tradición. Pero sí podemos concebir a los novelistas sentados en una misma habitación y obligarlos, por nuestra propia ignorancia, a salir de las limitaciones de fecha y lugar. Creo que vale la pena hacerlo, o no me habría atrevido a emprender este ciclo.