bosques sin Los habitantes del bosque. Las colinas sobre Budmouth Regis con las princesas reales, aún dormidas, cruzándolas en coche a través del alba.
El éxito de Hardy en The Dynasts (donde emplea otro medio) es absoluto; allí se escuchan los golpes del martillo, la causa y el efecto encadenan a los personajes a pesar de sus luchas, y se establece un contacto pleno entre los actores y la trama.
Pero en las novelas, aunque funciona la misma soberbia y terrible maquinaria, esta nunca atrapa a la humanidad entre sus dientes; hay algún problema vital que no ha sido respondido, ni siquiera planteado, en las desgracias de Jude el oscuro.
En otras palabras, se les ha exigido a los personajes que aporten demasiado a la trama; salvo en sus humores rústicos, su vitalidad se ha empobrecido, se han vuelto secos y escasos. Esto, hasta donde alcanzo a ver, es el defecto que atraviesa las novelas de Hardy: ha enfatizado la causalidad con mayor fuerza de la que su medio le permite.
Como poeta, profeta y visionario, George Meredith no es nada a su lado —apenas un voceras suburbano—, pero Meredith sí sabía lo que la novela podía soportar, dónde la trama podía exigirle a los personajes una contribución y dónde debía dejarles actuar como quisieran.
Y la moraleja... bueno, yo no veo ninguna moraleja, porque la obra de Hardy es mi hogar y la de Meredith no puede serlo; aun así, la moraleja desde el punto de vista de estas conferencias vuelve a ser desfavorable para Aristóteles. En la novela, toda la felicidad y la miseria humanas no adoptan la forma de la acción, buscan medios de expresión que no sean a través de la trama, no deben ser encauzadas rígidamente.
En la batalla perdida que la trama libra con los personajes, a menudo se toma una venganza cobarde.